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Una lectura del texto 'Construir, habitar, pensar' de Martin Heidegger

Comienzo:

Domingo, 15 de abril de 2001. Me despierto a las siete de la mañana dispuesto y listo para realizar mis acciones diarias. Bajo a la calle para mi corrida matinal - ejercitar el aparejo respiratorio - y en seguida me dirijo a la panadería por el pan. Me conviene una ducha para sacar el sudor ya seco sobre la piel, para en seguida saborear un fortificante desayuno. Lavar los trastes acumulados en la cocina desde la noche anterior y cepillar los dientes constituyen aquellas labores que en un mundo utópico podríamos dispensar. Ahora sí, nos encontramos en un estado de ánimo en el cual debemos decidir a que nos dedicar.
Miramos por la ventana y percibimos un asoleado día de primavera. Inmediatamente a este deleite sensorial, surge una luz divina que nos indica el camino a proseguir para la próxima actividad: acercarnos a un sugestivo texto del filósofo Martin Heiddeger, titulado Construir, habitar, pensar. Este es un ensayo derivado de una conferencia impartida por dicho autor, comúnmente usado como referencia por teóricos de la disciplina arquitectónica que tratan de discutir las relaciones existentes entre los espacios y lugares, entre el diseñar y el habitar. Nuestro interés por este documento deriva de la aportación e importancia en la arquitectura y tiene como objetivo final la producción de un ensayo analítico para la disciplina Arquitectura y Humanidades de la maestría en arquitectura.
Botella de agua estratégicamente colocada al lado del sillón y tampones de oído de silicona acomodados contra el ruido del tráfico urbano, ya nos encontramos preparados para que la lectura fluya de manera consistente y concentrada. O bien así lo esperamos.

Medio (1)

El texto trata básicamente de discutir el significado sobre el habitar y el construir. Este pensar sobre el construir no debe ser tomado únicamente en el sentido arquitectónico, sino que se pretende interpretar dicho término más bien como todo aquello que “es”. La estructura del texto es dividida claramente por Heiddeger en dos partes que se originan según las respectivas preguntas formuladas por el autor.

Parte I 

¿Qué es habitar? ¿En qué consiste la esencia del habitar? 

Nosotros construimos para habitar, respetándose aquí una relación de medio y fin. Sólo logramos habitar por medio del construir. Construimos nuestras moradas para después habitarlas. Pero tener una vivienda bien dimensionada, práctica, con buen confort ambiental y con un razonable costo de mantenimiento, ¿garante a nosotros un pleno y satisfactorio habitar? Podemos decir que estas afirmaciones no son verdaderas en la medida en que, siguiendo el esquema medio-fin del construir para habitar, estamos desfigurando las relaciones esenciales presentes en la significación de dichos términos. Esta distorsión de las relaciones esenciales existentes entre estas dos entidades se encuentra sostenida por la caracterización que el lenguaje atribuye a las palabras. La explicación de la esencia de una cosa viene de la esencia del propio lenguaje. Así se presume que una atención prestada al uso del lenguaje, nos llevaría a clarificar también la esencia de las cosas que a ella se refiere.
¿Qué significa entonces construir? Si analizamos el término del alto alemán antiguo “bauen” (construir), veremos que nos hace una seña sobre como debemos pensar el habitar, pues significa en si mismo habitar, permanecer, residir. Pero si morar significa habitar, estamos llevando en cuenta el modo que el hombre vive junto a las cosas. El término “bauen” por otro lado se origina de la palabra “bin”, que significa “soy”. Luego, el modo como tú eres, yo soy, la manera según la cual los hombres somos en la tierra es el “buan”, el habitar. Nuestro estado existencial primitivo ya significa en si habitar, que a su vez ya conlleva un sentido de abrigar y cuidar. El “bauen” se despliega además en el construir como edificar (”aedificare” en latín), un erigir que, juntamente al cuidar, va a constituir el conjunto de fenómenos por el cual se cumplimenta el habitar. Luego estas actividades reivindican el nombre de construir y con él la cosa que este nombre designa. El sentido propio del construir, a saber, el habitar, cae en el olvido. Siempre se ha pensado que el hombre es el creador y dueño del lenguaje, y que este puede y debe ser usado como medio de expresión de su forma de vida. En verdad, lo que ocurre es que el lenguaje es y ha sido siempre la entidad suprema y dominadora de los hombres, inversión esta que hace con que nosotros seamos llevados a una visión equivocada de los hechos; el lenguaje le retira al hombre lo que aquél, en su decir, tiene de simple y grande; el habitar no se piensa nunca como rasgo fundamental del ser del hombre. Resistiéndonos así a este poder deformante del significado propio de la palabra construir, podemos decir que construimos y hemos construido en la medida en que habitamos, es decir, en cuanto que somos los que habitan.
Pero ¿en qué consiste la esencia del habitar? A partir del antiguo sajón “wuon” y el gótico “wunian”, encontramos en el habitar un estar en paz, permanecer a buen recaudo, cuidar; cuidar, como realbergar algo en su esencia. El rasgo fundamental del habitar es entonces este cuidar (mirar por); y si en el habitar descansa el ser del hombre, podemos concluir que es en sí la manera como los mortales son en la tierra. Cuando imaginamos algo en la tierra, este algo también se encuentra bajo el cielo, ante los divinos y junto a los mortales. Esta unidad de ellos designamos la Cuaternidad. Pero si, como mencionamos anteriormente, el rasgo fundamental del habitar es el cuidar, los mortales habitan en el modo como cuidan la Cuaternidad en su esencia. Luego, los mortales habitan en la medida en que: salvan la tierra, reciben el cielo, esperan a los divinos y conducen a su propia esencia.
Pero el habitar no es únicamente cuidar la Cuaternidad, pues ésta es residida por los mortales y está al mismo tiempo aviada por las cosas mundanas. El habitar es más bien siempre un residir cabe las cosas; el habitar cuida la Cuaternidad llevando la esencia de ésta a las cosas. Luego, si los mortales abrigan y cuidan las cosas que crecen y erigen propiamente las cosas que no crecen, el habitar, en la medida en que guarda a la Cuaternidad en las cosas, es, en tanto que este guardar, un construir.

Parte II 

¿En qué medida pertenece el habitar al construir? Para responder a esta pregunta, Heiddeger nos presenta un ejemplo para aplicar la reflexión: un puente. Pasa entonces a una caracterización de este elemento: el puente deja pasar la corriente de agua, define las orillas en tanto que orillas, califica los paisajes y, finalmente, deja que los mortales la atraviesen.
El puente coliga según su manera cabe sí tierra y cielo, los divinos y los mortales; es una cosa y lo es en tanto que la coligación de la Cuaternidad que hemos caracterizado antes. El puente coliga la Cuaternidad de tal modo que hace sitio a una plaza. Pero sólo aquello que en sí mismo es un lugar puede abrir espacio a una plaza. Antes del puente, hay muchos sitios que pueden ser ocupados por algo. De entre ellos uno se da como un lugar, y esto ocurre por la propia presencia del puente. Luego, el lugar se da por el puente. El puente es una cosa, coliga la Cuaternidad, pero coliga en el modo de otorgar (hacer sitio a) a la Cuaternidad una plaza.
Las cosas que son lugares de este modo, y sólo ellas, otorgan cada vez espacios. Un espacio entendido como algo a lo que se ha espaciado, concedido espacio dentro de una frontera. La frontera entendida como aquello a partir de donde algo comienza a ser lo que es (comienza su esencia). Espacio es lo que se ha dejado entrar en sus fronteras a partir del ensamblaje de lo espaciado, que por su vez coliga la Cuaternidad por medio de un lugar, en nuestro caso un puente. De ahí que los espacios reciban su esencia desde lugares y no desde “el” espacio.
Aclaremos ahora en qué referencia están lugar y espacio. Como ya se ha dicho, el puente es un lugar. Como tal cosa hace sitio a un espacio que, por su vez, contiene distintas plazas más cercanas o más lejanas al puente. Plazas como meros sitios entre los cuáles hay una distancia mesurable que tiene su origen en el latín “spatium” y quiere decir espacio intermedio. Pero el espacio en este sentido no contiene espacios ni plazas; en él no encontraremos nunca lugares. Este tipo de espacio juntamente con lo que hemos caracterizado como “extensio”, como pura extensión, es lo que va a venir espaciado junto a los lugares. Pensando a la inversa, podemos decir que los espacios que nosotros estamos atravesando todos los días están dispuestos por los lugares. Si prestamos atención a estas referencias entre lugares y espacios, entre espacios y espacio, obtendremos un punto de apoyo para considerar la relación entre hombre y espacio.
Cuando se discute la relación presente entre hombre y espacio, tendemos a considerar estos dos términos en separado. En la verdad no hay hombres y además espacio, sino que el estado mismo del hombre junto a la Cuaternidad ya se encuentra admitido e instalado junto al espacio. Incluso podríamos decir que podemos estar cerca de un espacio fuera de nuestro alcance en la medida que lo aguantamos en nuestro pensamiento. Luego, si imaginamos el puente y la aguantamos en cuanto lugar, podemos captar su esencia en mayor grado do que las gentes que usan este elemento todos los días de modo indiferente. Los espacios se abren por el hecho de que se los deja entrar en el habitar de los hombres. Y sólo porque los mortales, conforme su esencia, aguantan espacios, pueden atravesar espacios. El respecto del hombre con los lugares y, a través de los lugares, con espacios descansa en el habitar. El modo de habérselas de hombre y espacio no es otra cosa que el habitar pensado de un modo esencial.
El lugar es un cobijo de la Cuaternidad, pues la admite y la instala. Los lugares, además, dan casa a la residencia del hombre. El producir de tales lugares es el construir mismo. El construir, porque instala lugares, es un instituir y ensamblar de espacios. Este construir erige lugares que avían una plaza a la Cuaternidad. De la simplicidad unitaria de la Cuaternidad, recibe el construir la indicación para su erigir lugares. Las construcciones (lugares) en cuanto cuidadoras de la Cuaternidad, marcan el habitar llevándolo a su esencia y dan casa a esta esencia. La esencia del construir es el dejar habitar. Sólo si somos capaces de habitar podemos construir.
Para sustentar esta última idea, Heiddeger toma como ejemplo una casa de campo. Describe aquí como un cuidado por un modo de vida y el dejar con que la esencia de las cosas simplemente entre en el construir como habitar, ha posibilitado la producción de una casa. Sólo si somos capaces de habitar podemos construir.
El autor concluye el texto partiendo de la identificación de un problema en el habitar el mundo. Los hombres, alienados por el dominio de sí por el lenguaje, tienen dificultad en encontrar el autentico significado del habitar. Los mortales primero tienen que volver a buscar la esencia del habitar, tienen que aprender primero a habitar. Llevarán el habitar a la plenitud de su esencia, cuando construyan desde el habitar y piensen para el habitar.

Final 

…¿de qué modo pueden los mortales corresponder a esta exhortación si nos es intentando por su parte, desde ellos mismos, llevar el habitar a la plenitud de su esencia? Llevarán a cabo esto cuando construyan desde el habitar y piensen para el habitar.
Ahhhh…!!!! Aprovechemos el final de tarde de este domingo primaveral para dedicación al completo ocio. Lleno el bolsillo con algunas monedas y cojo un puro por la mitad con su respectivo encendedor. Próximo objetivo: tomar baño de sol en el jardín que hay cerca mi casa. A pocos metros de dicho lugar, pasamos por una tienda de abarrotes y compramos una sabrosa cerveza fría.
Desde la calle avistamos un banco estratégicamente localizado: en frente al sol que lentamente va bajando tras las casas alrededor del jardín. Los rayos del potente astro chocan contra mi piel produciendo una sensación de calor y energía. El cielo muestra un azul muy claro, rara vez interrumpido por espaciadas nubes grises o, en el extremo derecho, por aviones que se dirigen al aeropuerto de esta urbe de 20 millones de habitantes. Inesperadamente un pájaro de color café imprime un vuelo rasante y posa en un árbol cerca.
En esta época del año la vegetación se encuentra exuberante y las flores muestran su esplendor en un carnaval multicolor: amarillas, rojas, rosas; repicoteadas, llorosas o erizadas, anuncian su periodo fértil al mismo tiempo en que garantizan la perpetuación de su especie. Arriba de mi presencia, la copa de un frondoso eucalipto exhibe sus verdes hojas al mismo tiempo en que me bombardea con sus semillas (¿flores?) cónicas. Las aplasto entre mis dedos y llevo la sustancia macerada a mis narinas: un olor cítrico y refrescante invade mi sentido olfativo, ya tan debilitado por la implacable contaminación atmosférica urbana. Enciendo el puro y hecho una larga tragada; expilo el humo y saboreo el gusto amargo dejado en mi boca, amargor este que se mezcla con el de la cerveza. Créame, es una rica combinación.
Los niños aprovechan esta bien dicha tarde para poner en funcionamiento sus poderosos vehículos sobre rodas; patines, bicicletas, triciclos, patinetes y skates pasan en alta velocidad propiciando intenso deleite en los conductores que expresan gran satisfacción en sus largas sonrisas. Los ancianos y sus fieles compañeros caninos desfilan sobre la calzada de la plaza ejercitando sus cuerpos ya marcados por el tiempo. Un papá pasa lentamente sustentando el caminar de su bebé que ensaya los primeros pasos de su larga jornada: “hasta luego”, “nos vemos”!… Y el sol se va escondiendo tras el horizonte, anunciando el crepúsculo azul oscuro.

Autor: Arq. Marcos Vinicius Teles Guimaraes
Ciudad Universitaria, UNAM, México D.F., abril de 2001
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BIBLIOGRAFÍA

Heidegger, Martin, Conferencia y artículos, Serbal, Barcelona, 1994 
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